William Kentridge

Juan Villoro

Imágen © William Kentridge, 2016
Fotos: Oficina de disseny

Juan Villoro

La voz del enemigo

Cuando existía la ciudad de México yo usaba un hermoso casco amarillo. En lo alto de un poste escuchaba conversaciones telefónicas. El cielo era una maraña de cables; la electricidad vibraba, envuelta en plásticos suaves. De vez en cuando una chispa gorda, azul, caía a la calle. Ese momento me justificaba en el poste. Mi cinturón estaba repleto de herramientas pero yo prefería unas pinzas cortas, con dientes de perico. Su mordisco corregía la herida, la luz volvía a correr. Enfrente había un cine; sobre la marquesina se alzaba un castillo de cartón. Al fondo, un edificio encendía sus focos rojos para protegerlo de los aviones. Los motores hacían ruido pero resultaba imposible verlos en el cielo espeso.

El Supervisor Eléctrico exigía una oreja atenta a los cables. Los enemigos avanzaban hacia nosotros. Yo no sabía quiénes eran pero sabía que avanzaban: había que oír llamadas, buscar en ellas algo raro. Una tarde de lluvia, atado al poste, escuché una voz peculiar. La mujer hablaba como si quisiera esconderse; en tono suave, asustado, pronunció “alpiste”, “fulgor”, “magnolia”, “balcón roto”. Yo estaba ahí para seguir conversaciones y garantizar que fluyeran sin sorpresas. Oí esas palabras sueltas, que vibraban como una clave insensata. Tenía que denunciarlas, pero no hice nada; dejé que alguien, en otra parte, entendiera lo que a mí se me escapaba.

A los pocos días supe de las palmeras carbonizadas. Los enemigos incendiaron un barrio donde aún quedaban plantas. Fijo en mi poste, ignoraba si la ciudad se dilataba o encogía. A veces las tropas leales hablaban por los cables, entre cornetas y clarines; luego una bomba, la áspera voz de otra milicia.

En la esquina de enfrente sucedió algo raro; el casco amarillo no se movió en muchas horas. Traté de avisar que mi colega había muerto; los dedos me sangraron marcando números ocupados. Mientras veía el casco inerte, volví a escuchar las palabras suaves, temerosas: “alcoba”, “canela”, “estatua”. Imaginé, con minuciosa envidia, que esas palabras significaban un mensaje para otra gente. Para mí sólo era tristes. Tampoco entonces hablé con el Supervisor Eléctrico.

Una madrugada me sacudió una explosión. Abrí la caja de registros; los sensores fotoeléctricos despedían humo pútrido. Encendí mi linterna; me quedaban pilas para unas semanas pero algo me hizo saber que no duraría tanto en el poste.

El Supervisor decía en sus llamadas: “Quien domina los cables domina la ciudad”. Los enemigos habían cortado la luz, el cine ardía en una nube rojiza, pero los teléfonos funcionaban. Oí a la mujer decir “fragancia”, “planetas”, “caramelos”, “piedras lisas”. No pude delatarla. Lentamente, con terror, con precisa crueldad, entendí cuán maravillosa era la voz del enemigo.

Debo haber dormido cuando bajaron al colega del poste de enfrente. Luego llegó mi turno; una mano enguantada me jaló por la espalda. Estaba intoxicado de tanto respirar aquel aire maligno y no supe cómo salí de la ciudad incendiada.

Desde hace semanas, tal vez meses, vivo en un cuarto con paredes metálicas. En una computadora me mostraron una foto terrible. Se llama Ciudad de los palacios y registra el cine con su castillo de cartón, el alto edificio al fondo, los cables que una vez cuidé. “Son 67”, dijo la voz de mi captor. Era cierto. Tuve a mi cargo 67 cables y los protegí de nuestros imprecisos enemigos. Durante días indistinguibles de las noches salvé la luz y las llamadas. Sólo una vez dañé un cable a propósito. Ocurrió unos días antes de bajar del poste.

De la ciudad sólo quedan fotografías. Si indicara el cable dañado, mis guardianes podrían entrar al laberinto, seguir el hilo hasta otra fotografía, hasta la casa donde vivió esa voz distinta. Frente a mí están los 67 cables que formaron mi vida. Uno de ellos puede llevarlos a la mujer. Sé cuál es. Pero no voy a decirlo.

William Kentridge


William Kentridge (Johannesburgo, Sudáfrica, 1955) es un artista multidisciplinar reconocido por sus dibujos expresionistas animados y por sus films, que exploran el tiempo, la historia del colonialismo y las aspiraciones y derrotas de la política revolucionaria. Su obra se ha expuesto en museos y galerías de todo el mundo desde 1990, entre los que destacan la Documenta de Kassel (1997, 2003, 2012), la Bienal de Venecia (1993, 1999, 2003, 2015), el Museo de Arte Moderno de Nueva York (1998, 2010), el MACBA (1999), el Museo del Louvre de París (2010) y el Martin-Gropius-Bau de Berlín y la Whitechapel Gallery de Londres (2016). Como director de teatro y de ópera, ha presentado sus espectáculos en los teatros y festivales más importantes del mundo. Su última ópera, Lulu de Alban Berg (2015–2016), es una coproducción de la Metropolitan Opera de Nueva York, la English National Opera de Londres y la Ópera Nacional de los Países Bajos en Ámsterdam. Triumphs and Laments es un proyecto multidisciplinar de grandes dimensiones realizado en Roma en 2016.

Juan Villoro


Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) ha sido profesor en la UNAM, Yale, Princeton y la Universidad Pompeu Fabra, así como en la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez. Es columnista de Reforma (México), El País (edición América Latina) y El Mercurio (Chile). En 2012 obtuvo en Chile el Premio Iberoamericano José Donoso por el conjunto de su obra. Recibió en España el Premio Herralde por su novela El testigo; en Argentina, el Premio ACE por su obra de teatro Filosofía de vida, y en Cuba, el Premio José María Arguedas por su novela Arrecife. Su periodismo ha sido reconocido con los premios Rey de España, Ciudad de Barcelona y Manuel Vázquez Montalbán. Entre sus libros más recientes se cuentan los relatos sin ficción ¿Hay vida en la Tierra?, el monólogo teatral Conferencia sobre la lluvia y el volumen de relatos El Apocalipsis (todo incluido). Su obra de teatro El filósofo declara se estrenó en octubre de 2016 en el Teatro Romea de Barcelona.
Fotos: Oficina de disseny