Antoni Muntadas

Antonio Gamoneda

Imatge © Antoni Muntadas, Roma 4 décembre 2017

Antonio Gamoneda

Farsa y elegía


A José Luis Gómez, creador y maestro de realidades escénicas, con gratitud


SEGUNDA MUJER
Todavía me acuerdo. Toda la población había acudido…
Subían a los techos, se trepaban en los árboles.
Hacían señales con telas, con cintas, con hojas de palma.

ARTESANO
Después, llegó el miedo.

Alejo Carpentier, La aprendiz de bruja


Acércate. Bebe conmigo. Un vino habrá que procure la verdadera ebriedad; hemos vagado en ebriedades falsas.

Nos adormeceremos suavemente. Con la copa aún en nuestras manos, advertiremos el instante en que nos abandonan los recuerdos.

Después, libres y cansados, dormiremos; yo en tu ebriedad y tú en la mía. Nos reconoceremos al despertar.

Está amaneciendo. He dormido despojado de sueños y la copa está vacía. ¿Habré bebido inútilmente? Y tú, ¿quién eres?

No sé.

Sí, he despertado otra vez sólo para desconocer, para recordar lo incierto y para esperar sin esperanza.

Qué abundancia de vértigo.

Recuerdo que éramos jóvenes y cenábamos a la luz de los cuchillos. Su resplandor se posaba en aquellas muchachas que nos buscaban. Nosotros las despreciábamos y fracasábamos. También ellas fracasaban. Desaparecían sonriendo pero el desprecio colgaba de sus labios. Vivíamos en los presagios.

Recuerdo también a Jorge fumando bajo el mediodía. Vi sus ojos inmóviles entre túnicas de acero y a su madre agonizando en sus ojos. Ebrio de lágrimas, me miró una sola vez y abandonó el patio abrasado. Rectificó sus pasos para aplastar la cabeza de la culebra ciega que ondulaba entre cerámicas.

Iba a los almacenes a escribir con ácidos y a estar en sí mismo. Regresaba al anochecer y no entraba en su casa. Permanecía ante el terraplén mirando la nieve temblar en las zarzas. Sus hijos salían a buscarle y les decía que aún no, que estaba escuchando al chamariz.

No fue así. La memoria confunde las causas antes de ocultarse en los agujeros más tristes, no fue así. Las muchachas eran felices y esbeltas y Jorge era claro y profundo como un agua tranquila; silbaba el canto del chamariz, creaba serenidad, escuchaba las campanillas del amanecer atravesando las praderas de Huelva.

Hace tiempo que no acudo a las causas agónicas ni a aquellas otras extinguidas. Apenas pienso los estertores de Laurín en mis brazos; la agonía de Laurín ignorada por sus hijos, los comandantes convictos.

Pero alguien me habla de ancianos que se orinan y simultáneamente roncan o consultan calendarios. Algunos retienen bascas amarillas; otros miran fijamente lo que no ven; otros aún, los más ávidos, piensan la posibilidad de no pensar.

Y las ancianas. También me hablan de las ancianas sonriendo en la arteriosclerosis, distraídas con los encajes y los concubinatos. Algunas juegan con anillos y sombras. Un día se advierten extrañas a sí mismas y rechazan los alimentos.

Una circunstancia lívida, en general. Hay avisos de que la farsa se extiende. Por lo que a mí concierne, disiento de la vida y de la muerte, disiento de estar orinado ahí, delante nada, esperando sin saber qué estoy esperando.

Me doy cuenta también de que no sé qué es vivir y tampoco sé qué es morir, y compruebo, igualmente, que no sé si me importa.

Otros, acaso más felices o imbéciles, decoran lo desconocido; lo desconocido hediondo, habitualmente: campanas, aceites, perfumes, Mozart, incluso; Mozart pasando discretamente sobre los restos del hígado.

Yo interpreto la farsa natural y empírica: nada hay que recordar ni olvidar; nada que comprender o resolver. La farsa no es un problema y sobran las soluciones. Algunas farsas se arreglan con barbitúricos.

Digo los barbitúricos precisos y los sobrantes; los que retiran los auxiliares jurídicos forzando las manos duras y frías.

Abandona tú tus manos quizá excesivamente hermosas. Nada puede ofrecerse ni ser deseado. Y borra los símbolos que encuentres a tu paso. Todos los símbolos están vacíos.

Borra también, si es posible, la gramática, tan dudosa, de los epitafios. Sólo está probada la agonía. De la muerte no cabe más que sospechar una vaga equidad con la vida; sólo sospechar.

Recuerda, pues, que lo más adecuado es ignorar: borra los epitafios.

Además, la ignorancia es relativamente bella. Pocas cosas pueden ser bellas antes o después de la inocencia. Aun así, la ignorancia es bella sólo relativamente. A causa de su inutilidad, supongo.

En otro orden, aun sabiendo que es natural en la farsa, me solivianta, como sabes, que sean tantos (sin contar los imbéciles) los que se reconfortan decorándola (a la muerte, me refiero). Tiran el dinero y las lágrimas.

Te recomiendo que no entres en sus costumbres. En cuanto a mí, y sólo por cortesía,

que avisen a Mozart.

O unas flores, no hallándose a Mozart (Mozart podría no haber estado nunca en sí mismo; si fue viviente, lo sería en la música).

Las flores, blancas, obviamente; semejantes a flores únicamente pensadas o a espíritus que se ocultasen en sus pétalos. Quizá las adelfas.

No son decorados, en rigor, las adelfas; son, simplemente, hermosas. Digitálicas, dicen. Pero no, horticultura trascendente, no.

Paradójicamente, mejor el hastío, con o sin pétalos. El hastío permanece. Habría de legitimarse el hastío. Las adelfas, las verdaderas adelfas, son improbables.

Ya.

Habrás observado, supongo, que nada sirve de nada. Éste es un aquí sin allá.

Y sin acá.

Sin embargo, extrañamente, yo sobrevivo en mi propia farsa; sobrevivo a lo que no he sido.

Pero ¿sobrevivo? ¿Está comprobado que sobrevivo?

Es indiferente.

Todo es indiferente, incluidas las agonías. ¿Qué decir, por ejemplo, de los ancianos, diabéticos o no, o de las viejas inservibles? Todo igual: lo que no existe y lo que parece que sí; todo indiferente.

Ya.

Pero tengo miedo.

Ya.

Aunque, en realidad, pensándolo, no es posible. Quizá no tengo miedo.

Ya.

Si al menos permaneciese una, una sola apariencia reconocible; una pasión inútil, por ejemplo.

No. Las pasiones inútiles son improbables.

Pero el delirio frutal de la lengua, la alucinación exacta de los nombres, la frenética de los ditirambos…

Son improbables.

Pero ¿se sabe al menos si canta, si ha cantado alguna vez, si va a cantar el chamariz?

No.

Antoni Muntadas


Antoni Muntadas (Barcelona, 1942) és artista i resideix a Nova York des del 1971. La seva obra, pionera en el vídeoart i en l'ús dels nous mitjans, es desenvolupa en la intersecció entre les arts visuals, les ciències socials i la comunicació. Presenta els seus projectes en diferents mitjans, com fotografia, vídeo, publicacions, Internet, instal·lacions i intervencions en espais públics. Ha estat professor al MIT (1990–2014) i en diverses escoles i universitats de prestigi, com ara l’École de Beaux Arts de París, la Universitat de Califòrnia (San Diego), el San Francisco Art Institute, la universitat Cooper Union de Nova York, la Universitat de São Paulo, la Universitat de Buenos Aires i l’Istituto Universitario di Architettura de Venècia. La seva obra s’ha exposat, des dels anys setanta, en els museus més importants de tot el món: el MoMA de Nova York, el Musée d’art contemporain de Mont-real, el MNCARS de Madrid, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museu de Arte Moderna de Rio de Janeiro i el MACBA de Barcelona, entre molts d’altres. Ha estat guardonat amb nombroses distincions, com ara el Premi Nacional d'Arts Plàstiques de la Generalitat de Catalunya, el 1996, el Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministeri de Cultura, el 2005, i el Premio Velázquez de Artes Plásticas, el 2009.

Antonio Gamoneda


Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) resideix a León des del 1934, on als 14 anys va començar a treballar en una institució bancària. Autodidacte, ha dirigit les fundacions Cultura Provincial i Sierra Pampley (vinculada a la Institución Libre de Enseñanza). Des del 1949 i fins al 1976, ja en la Transició, participà en la lluita obrera i en la resistència antifranquista. És autor de més de 48 llibres de poesia, traduïts a 18 llengües, i una desena de llibres d’assaig i narrativa. El 2004 es va editar la seva poesia completa en el volum Esta luz. Poesía reunida (1947–2004). Des d'aleshores, ha publicat Canción errónea (2012), Lapidario incompleto (2014) i La prisión transparente (2016). És doctor honoris causa de diverses universitats. El 1987 va ser guardonat amb el Premio Nacional de Poesía. Posteriorment, el 2006 va rebre el Prix Européen de Littérature, el Premio Reina Sofía i el Premio Cervantes.